Siempre dije que era incapaz de escribir con el corazón alegre. Pensé que todas las palabras que pudiera plasmar en un pedazo de papel serían el fin de una historia y el comienzo de un mar de lágrimas. Acostumbrada al laberinto de la vida permití que mis sentimientos quedaran encarcelados, escondidos tras un velo que los enredaba más y más con el paso de los largos años.
Las luces apenas se distinguían entre la absoluta oscuridad de la que gozaba en mis momentos de inspiración. Y mientras me limpiaba las amargas lágrimas de mi rostro dejaba fluir la rabia, la ira que se alimentaba de mis fracasos una vez más.
Las luces apenas se distinguían entre la absoluta oscuridad de la que gozaba en mis momentos de inspiración. Y mientras me limpiaba las amargas lágrimas de mi rostro dejaba fluir la rabia, la ira que se alimentaba de mis fracasos una vez más.
Una vez, hace tanto, prometí que viviría de mis ilusiones que solo mis propias metas serían suficientes para alcanzar la cumbre más alta. Utopía era mi país, mi bandera, mi himno. Todo cuanto pareciera imposible sólo era un poco más complicado que el resto pero nunca inalcanzable. Hasta que al despertar un mañana y mirarme en el espejo comprendí que las ilusiones no son más que el destello de las estrellas al pasar en el cielo de forma fugaz. Hermosos espejismos que hacen que el mundo pare un segundo para admirarlos produciendo un caos absoluto.
Tal vez débil de corazón abandoné lo que siempre quise, en lo que siempre creí y me aventuré a olvidarme y dejarme morir en otro lugar. Desplazar mi cuerpo para hacer sucumbir a mi mente y de esta forma no tener que enfrentarme a mi propia conciencia que no paraba de repetirme cual inmenso era las dimensiones de mi fracaso. Mientras las horas, los días, los meses finalizaban yo dejaba de ser la niña soñadora y llena de esperanza que era y me convertí en una mujer nublada por el miedo, torturada por las mentiras, desprotegida en plena existencia.
Cierto es que en mis viajes por el mundo mil hombros tuve a mi alcance. Y pude haber llorado cuanto quise en ellos, sin embargo, en el corazón aun había una pizca de ilusión y aguardó cuanto hizo falta para llorar en los hombros correctos. A pesar de haber recorrido cientos de lugares y cruzado los océanos, finalmente descubrí que no tenía que volar fuera de mi hogar para protegerme, tan sólo debía alzar la vista y armarme de valor para amar a alguien. Pero no a cualquier persona, a una que al mirarte se perdiera en tus ojos, alguien que aun a oscura sientes los latidos de su corazón cuando te abraza. Amor, esa es la coraza que mi cuerpo anhelaba y buscaba con tanta ansia.
L’mourtis de la cour
*Yo misma*