
Ana un día dejó de serlo, no quería más, no podía más. Retorcida en su habitación sin apenas aliento para pedir ayuda se aferraba a los bordes de su cama y pensaba en Mía. Esa chica que siempre había estado para apoyarla. Unas dulces lágrimas corrieron por su esquelética cara y se perdieron para no ser vistas. Tras ellas no prosiguió un mar de desconsuelo pues la energía necesaria para ello se había esfumado semanas atrás. Sin embargo, seguía aferrada a su cama pensando que había fallado a Mía. La había conducido a una muerte segura, convencida de que era un juego de niñas que nada ocurriría.
Los días pasaron y con ellos la vida de las niñas. Nadie podía decir lo que ocurría y las mentiras disfrazaban cada una de sus hazañas. Días completos durmiendo, ropa demasiado holgada, malhumor con sus mejores hermanas, miedo a salir… todo un pequeño juego con tal de conseguir un hueco entre los glamorosos estadios de la moda. Pero como todo, tiene un fin. Y allí cuando el cuerpo no pudo más con su avaricia perdió la conciencia del tiempo. Al despertar nada le era familiar, nada tenía sentido. No pudo tampoco pedir ayuda pero le bastaba con poder permanecer el tiempo suficiente para observar aquel frío lugar donde ahora reposaba.
Meses después, parada frente al espejo comprendió que la belleza es sólo una tendencia y que con el tiempo dejaría de serlo tal y como la conocemos. Ya no sintió repudio sólo que había vuelto a renacer que en sus huesos había carne y energía. Un nuevo horizonte se abrió ante si y sólo tenía que caminar de mano de su amiga y afrontar el mundo con garra y seguridad en si misma. Pues ¿cuál es el precio que has de pagar para ser así?
*yo misma*