Sentada en la estación, al otro lado del río, un anciano se balanceaba sobre sus pies observando con la mirada perdida. En su rostro aun perduraban los signos de una vida llena de alegrías pero también pude ver como la vida le había tratado sin ninguna clase de tapujos. Esas arrugas que recorrían su cara no le hacían de ningún modo feo o viejo. Al contrario, en ellas había un toque de elegancia y hasta se podía decir que fueran un pasaporte para pasar al otro lado.
Tras un rato, levantó la mirada y se fijó en mi. Ruborizada miré en otra dirección, no está bien observar a las personas con tanto detenimiento. Sin embargo, me tranquilizó sonriéndome con dulzura. En mi vida había visto una sonrisa tan sincera, era como tocar el cielo con la punta de los dedos y saber que ese paraíso tan perfecto se consigue con el paso del tiempo.
El día entero pasó y ya fuera de los efectos de esa mirada trasparente y tranquilizadora juraría haber visto un ángel. No puedo comprender la sensación de paz interna que conseguía cada vez que recordaba su rostro. Y por más que algún mal pensado lo acache a pura atracción, no se trataba de esa clase de sentimiento. Su rostro, su sonrisa, la iluminación de sus ojos me mostraron por un segundo la seguridad y la tranquilidad para saber que envejecer es parte de nuestra vida y hay que llevarlo de forma natural.
Ayer vi un ángel y me pareció familiar, fue igual que volar.
*YO misma* http://twitter.com/Mourtis
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